La mayoría de la población de Paraguay vive de la pequeña agricultura. Sin embargo, el 90 por ciento de las tierras agrícolas del país se cultivan para la exportación. Los cultivos requieren abundantes cantidades de pesticidas químicos y dañan las granjas orgánicas aledañas, a los animales y a las personas.

– Es una forma de deshacerse de nosotros, los pequeños agricultores, dice Belén Romero de la Organización de Mujeres Campesinas e Indígenas Conamuri.

La falta de tierra ha provocado el aumento de los conflictos sociales en Paraguay en los últimos años. Según la organización de derechos humanos Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay (Codehupy) miles de pequeños agricultores han sido encarcelados y 115 personas han desaparecido o han sido asesinadas luego de que el país se democratizara en 1989.

Belén Romero, de la organización de indígenas y pequeñas agricultoras Conamuri, creció en la comunidad de Laguna, en la región del Alto Paraná. Belén era una adolescente cuando estalló el auge de la soya y recuerda con tristeza cómo fueron destruidas miles de hectáreas de bosque y de naturaleza alrededor de la casa en la que pasó su infancia.

– Fue muy doloroso ver cómo devastaron todo nuestro mundo. Los lugares donde aprendimos a cazar, a pescar y a comer cocos. El río en el que mi padre nos enseñó a nadar. Hoy está lleno de arena y a punto de agotarse. Esto no es un resultado directo de la soya, sino de la erosión que se produce después de que la tierra se arrasa para cultivarla, dice con tristeza.

La soya modificada genéticamente es un cultivo que requiere de mucha agua y que se adapta para soportar un uso regular de pesticidas químicos fuertes. Entre otras cosas, se utilizan grandes cantidades de herbicidas que contienen la sustancia activa paraquat, la cual está prohibida en Suecia desde 1983. Además se utilizan pesticidas que contienen glifosato, sustancia extremadamente controversial por sus efectos cancerígenos para las personas.

Catalina Fernández muestra las hojas de árboles a punto de morir. Foto: Sori Lundqvist
Catalina Fernández muestra las hojas de árboles a punto de morir. Foto: Sori Lundqvist

Dado que las toxinas se propagan con el viento y matan las plantaciones vecinas, el vasto uso de pesticidas ha obligado a muchos pequeños agricultores de regiones dominadas por la soya, como Alto Paraná, Itapúa y Caaguazú, a vender o arrendar su tierra.

Hace dos años casi toda la tierra de Belén Romero fue destruida cuando el vecino regó su tierra con lo que ella sospecha era el herbicida roundup, hecho a base de glifosato y popularmente conocido como ”mata todo”. Esto ocasionó un duro golpe financiero para su familia, cuya única fuente de ingresos eran sus cultivos. Sin embargo, la pérdida financiera no fue lo único que les afectó, sino también la tristeza y la impotencia de haber perdido algo que valoran profundamente.

– El viento soplaba fuerte ese día, pero sospechamos que lo hicieron deliberadamente. Porque así hacen. Es una forma de deshacerse de nosotros, los pequeños agricultores. Si no logran convencer con dinero, igual obligan a la gente a vender [la tierra], porque no les dejan otra opción cuando sus cultivos son envenenados.

Catalina Fernández, de 48 años de edad y madre de cuatro, ha luchado durante años para sobrevivir en la región del Alto Paraná.

– Bienvenida a mi pequeño oasis, me dice mientras nos acercamos a la pequeña comunidad conocida como “El fuente del bosque”, después de viajar en motocicleta por un camino lleno de baches. La comunidad consta de una docena de casas y de una reserva natural que los propios habitantes mantienen.

Catalina Fernández muestra con orgullo el exuberante paisaje verde de la reserva natural. Foto: Sori Lundqvist
Catalina Fernández muestra con orgullo el exuberante paisaje verde de la reserva natural. Foto: Sori Lundqvist

Poco a poco entramos al pueblo, que realmente puede describirse como un oasis. Un oasis verde en un desierto de soya. ”El fuente del bosque” es el opuesto exacto de los campos de soya. La naturaleza es exuberante, el aire fresco y las copas de los árboles ofrecen la protección necesaria contra el fuerte sol. Aquí se pueden apreciar tanto el sonido de los pájaros como el aroma de frutas y flores.

– Es nuestro paraíso. Tenemos siete manantiales, un ancho río y cincuenta hectáreas de bosque, dice orgullosa Catalina Fernández cuando comenzamos nuestro recorrido.

La comunidad está situada en el bosque Atlántico, o bien, en los restos de lo que hace una década fuera un bosque virgen que se extendía sobre Paraguay, Brasil y Argentina. De acuerdo con el Fondo Mundial para la Naturaleza, el 87 por ciento de la fracción paraguaya del bosque ha sido talada para dar paso a la soya.

Como la mayoría de los pequeños agricultores de Paraguay, Catalina Fernández cultiva para su propio consumo y se ha visto obligada a tomar un trabajo en la ciudad para mantenerse. Ella está muy decepcionada del actual gobierno que, según dice, favorece a los cultivadores de soya y a las compañías multinacionales a pesar de que éstos trabajan contra su propio pueblo.

– El Estado toma nuestra tierra, se la da a los productores de soya y a las compañías multinacionales. Cuando defendemos nuestros derechos nos persigue y nos trata como terroristas, como invasores.

– Cuando denunciamos los abusos en las zonas rurales, la pobreza, los problemas con los derechos de las tierras y el uso de pesticidas, nos preguntan: ”¿Qué hacen aquí? Ustedes sólo obstaculizan a aquellos que tratan de fomentar el desarrollo y la producción a gran escala. ¿Por qué no se van y nos dejan la tierra?”, relata Catalina Fernández molesta.

Incluso en el pequeño oasis de Catalina Fernández los pesticidas se han hecho presentes. Anteriormente la comunidad tenía muchos árboles frutales con una gran abundancia de mango, papaya, naranja, mandarina, melocotón, aguacate y limón. En los últimos años, los frutos se redujeron en número y algunos árboles han empezado a morir.

– Ahora mismo tenemos serios problemas con nuestros árboles frutales. Cuando los vecinos rocían venenos fuertes, el viento los lleva a nuestros productos orgánicos, los cuales no son inmunes por lo que se secan y mueren, afirma Catalina mientras me muestra las hojas de sus árboles de mango.

El campesino Jorge Cabrera frente a la línea de propiedad entre su tierra y los cultivos de soya. Foto: Sori Lundqvist
El campesino Jorge Cabrera frente a la línea de propiedad entre su tierra y los cultivos de soya. Foto: Sori Lundqvist

Hay muchas restricciones estatales para las plantaciones de soya. Entre otras cosas, los cultivos deben estar rodeados de ”muros” de vegetación para evitar que los venenos se dispersen con el viento en las comunidades y los cultivos vecinos. Sin embargo, el control es prácticamente inexistente, asegura Jorge Cabrera, campesino del pueblo vecino Lote 8.

– Cuando planté el muro de plantas en la frontera de la tierra tenía miedo de que el cultivador de soya me disparara, pero yo no tenía otra opción. Es como si ya estuviera muerto. Nos estamos muriendo lentamente por todas las toxinas que consumimos, dice Jorge mientras apunta hacia la creciente plantación que lo protege a él y a su familia de los herbicidas del vecino. Una plantación que él mismo tuvo que construir y financiar, ante la negativa del vecino.

Aunque los habitantes de los pueblos han dado testimonio de que tanto las personas como los animales son envenenados y que incluso se han registrado algunas muertes, es difícil probar la conexión con la soya. Según Catalina Fernández, pocas personas han podido realizarse las pruebas clínicas requeridas para comprobar el envenenamiento en seres humanos, animales o la naturaleza. Las instituciones estatales capacitadas para realizar los análisis son pocas y se encuentra en la capital. Sin pruebas es difícil dar seguimiento a los procedimientos legales contra los grandes propietarios. Belén Romero de la Conamuri describe la situación como una ”lucha entre ricos y pobres”.

La Conamuri, que forma parte de la red de pequeños campesinos La Vía Campesina, aboga por una alternativa política centrada en una agricultura a pequeña escala diversificada, que tome en cuenta las variaciones locales y que anteponga el consumo local de la gente frente a la exportación.

– Para nosotros se trata de cuestionar el modelo de producción capitalista que vemos como la principal fuente de desigualdad, dice Belén Romero.

Como parte de su trabajo la Conamuri da formación a jóvenes sobre agroecología. El objetivo es aprender a cultivar sin pesticidas, así como a valorar el estilo de vida, el trabajo y el conocimiento de los pequeños agricultores.

– Es un trabajo importante porque el enemigo [las empresas agrícolas multinacionales] nos quiere hacer creer que nuestros conocimientos y nuestro trabajo no tienen valor; es una manera de hacernos aún más dependientes de sus productos, dice Belén Romero.

Texto y foto: Sori Lundqvist

Traducción: Mónica Hernández Rejón

 


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Datos sobre la soya

La producción de soya a nivel mundial se ha multiplicado diez veces en los últimos cincuenta años. La mayor parte de la soya producida se utiliza para la alimentación animal destinada tanto a la producción de carne, leche y huevos, como al cultivo de peces. El aumento en el consumo de carne es la razón más importante para la rápida expansión de los cultivos. En América del Sur, la producción de soya aumentó en un 123 por ciento entre 1996 y 2004.

Fuente: Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF)

Datos sobre el glifosato

El glifosato es la sustancia activa más común en los pesticidas en Suecia y en el mundo. Se utiliza a menudo en cultivos transgénicos diseñados para ser particularmente resistentes a dicha sustancia, mientras que mata las malas hierbas y otras plantas inmediatamente después de entrar en contacto con ellas. Actualmente se debate en la Unión Europea si la sustancia es cancerígena o no.

Fuente: Agencia Sueca de Productos Químicos (KEMI)

Datos sobre el paraquat

La sustancia paraquat está prohibida en Suecia desde 1983, y desde 2007, en la Unión Europea. El paraquat se utiliza en la agricultura contra las malas hierbas y como defoliante antes de la cosecha de, por ejemplo, algodón. La sustancia es altamente tóxica y mortal para las personas y los animales que la ingieren. Actualmente no existe un antídoto.

Fuente: Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (US EPA)

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